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Tapando el sol con un dedo: la imagen de algunos presidentes en Sudamérica.

“América del Sur se ha convertido en un nuevo epicentro de la enfermedad”, dijo Michael Ryan, Director Ejecutivo del Programa de Emergencias de la OMS en mayo. No se equivocó, pues la región cuenta con casi 5,8 millones de contagiados de covid-19 y 189.035 fallecidos hasta el momento. En definitiva, el Coronavirus ha golpeado  fuerte nuestro continente. Según la CEPAL, se calcula una contracción de 5,3% de la economía de América Latina y casi 30 millones de personas más estarán en condición de pobreza. Uno diría que, luego de este año desastroso para los países sudamericanos, a los presidentes les fue mal hablando en términos de popularidad. A algunos sí, pero no es el caso de varios.

Durante los últimos meses me he dedicado a monitorear el indicador de aceptación de cada uno de los presidentes y/o de su gestión. Si bien la pandemia ha sido letal para los indicadores de disminución de pobreza o desempleo, veo con sorpresa que la peor crisis en la historia hizo que la imagen de Vizcarra, Fernández y Lacalle Pou se viera favorecida. Mientras tanto  Bolsonaro vendría siendo el bicho raro o el outlier del asunto, Piñera y Duque los que subieron y bajaron en favorabilidad como un ascensor y Lenín Moreno el enterrado después de la pandemia. Como el tema es tan extenso, esta es la primera de dos columnas de opinión sobre el tema.

El hecho de que los presidentes hayan mejorado su imagen tiene aún menos sentido. Esto es curioso ya que la región venía de un 2019 caldeado por una ola de movilizaciones sociales que mostraban abiertamente su descontento frente a los gobiernos. Yo encuentro dos explicaciones -a lo mejor haya otras- para este fenómeno: el manejo que le dio cada uno a la pandemia y el momento político en el cual se encuentra el presidente de cada país.

Sobre la primera no me voy a detener mucho.  La pandemia generó un choque económico tan fuerte que hizo que lo que no se hacía antes, o estaba en proceso pero no era algo inmediato, se hiciera en menos de cuatro meses. ¡El gasto social aumentó! El dinero debía llegar pronto y de forma directa a las personas, y en muchos casos lo hizo en forma de mercados y ayudas. Los gobiernos quedaron como los héroes que al fin le estaban haciendo llegar los recursos a los más vulnerables, lo que se vio reflejado en su imagen. 

No obstante, esto solo le sirvió a algunos presidentes, y ahí es donde viene la segunda parte del problema, pues otros tuvieron menos aceptación por el momento de su gobierno en el que se encontraban. Esta columna la dedico a los desgastados Lenín Moreno, Sebastián Piñera e Iván Duque, los presidentes que ya llevan la mitad o más de su mandato y cuya popularidad es baja porque gastaron todo su capital político en procesos legislativos y políticas en las que fracasaron.

Remontémonos a Ecuador. La imagen de Lenín Moreno anda por el piso y ya esperan las elecciones del próximo año. El ahijado de Rafael Correa para las pasadas elecciones llegó con una política austera y liberal que no fue bien recibida entre los ecuatorianos ni por Correa. Desde entonces, la relación entre padrino y apadrinado funciona más como un reencauche de Santos y Uribe. Pero no acaba ahí. La desaparición de muchos subsidios y beneficios para las personas, así como un escándalo de presunta corrupción que salpicó al presidente, generaron la tormenta política perfecta para que ni siquiera el COVID-19 levantara de la tumba una popularidad que ya está más que muerta y enterrada con apenas un 18,7% según la firma consultora Cedatos.

En Chile la historia es algo distinta en los hechos. Dicen que la segunda película es peor que la primera y esto fue lo que le sucedió a Sebastián Piñera, quien ya había sido presidente de Chile y no dejó un mal sabor, por lo que volvió a serlo hace dos años. Entró con un 50% de popularidad y fue cayendo, hasta que en 2019 llegó la peor crisis de su mandato con un estallido social que mostró lo peor de la desigualdad en el país austral. Desde entonces, y a pesar de llegar a un acuerdo para convocar a una constituyente, la imagen de Piñera no levantaba cabeza hasta que llegó la pandemia, pues su aprobación subió del 12% (marzo) al 29% (mayo) según la encuestadora Cadem. Todo iba medianamente bien para Piñera. Chile era -y todavía es- el país que más pruebas de Coronavirus ha hecho en la región por cada millón de habitantes, pero un cambio en la metodología del conteo de fallecidos de COVID hizo que el 17 de junio se reportaran 1.057 fallecidos y 36.179 nuevos casos en un solo día. Ese error le costó caro al presidente, pues la oposición pidió la cabeza de su ministro de salud y esta rodó. Luego de eso, la popularidad de Piñera volvió a caer 15 puntos y perdió toda credibilidad en el manejo de la pandemia.

Si tuviera que poner a un tercer presidente en un top 3 de peor rankeados, ese sería Iván Duque en Colombia. Duque gastó buena parte de su capital político en sus primeros dos años de mandato con las objeciones a la Justicia Especial de Paz, una nueva reforma tributaria, la defensa del exministro de Defensa Botero y ahora con el expresidente Uribe. En 3 de esas 4 iniciativas fracasó y, a pesar de llevar dos años, su imagen está tan desgastada que su popularidad no ha superado el 50% hace tiempo según la encuesta de Datexco y su iniciativa legislativa ha sido pobre por rehusarse a repartir ministerios entre los partidos.

Sin embargo, la pandemia sí tuvo un impacto de favorabilidad en Duque. La mencionada firma lo tenía con un nivel de favorabilidad de 24% en marzo y 36% en junio, cifra que no alcanzaba desde junio del año pasado. Ahora que está pasando el pico de la pandemia, la imagen del discípulo de Uribe vuelve a caer con el regreso de la violencia en los territorios; aunque bueno, uno no puede hablar del regreso de algo que nunca se fue. Aún así, la guerra parece ser un fenómeno que tristemente quiere escribir nuevas páginas en la historia de Colombia y cuyas soluciones para erradicarla siguen siendo las mismas: militares, guerra y lluvia de glifosato sobre campesinos que viven de cultivos ilícitos porque no hay de otra.

De los otros países hablaré la próxima vez, pero quiero hacer una última reflexión. Si bien la popularidad en estos días lo es todo porque otorga mayor gobernabilidad y gobernanza, creo que hay algo que en estos países no se puede hacer y es esconder que vienen de una crisis social que está ahí, oculta, pero está. Chile sigue teniendo en mente la constituyente y también que su capital es la más costosa del sur del continente, Ecuador aún no ha saldado el problema de hacer sostenibles los subsidios con un gasto público tan grande y Colombia no ha logrado entender que tiene 32 departamentos, no solo los 10 o 15 del centro del país. El reto está en el liderazgo después de la crisis y no durante. Los presidentes no pueden creer que su popularidad va a tapar el sol con un dedo.