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Amigos al prestar, enemigos al devolver

Escrito por: Fabián Acuña Galindo, estudiante de Economía y Ciencia Política de la Universidad de los Andes e integrante del equipo editorial.   Como buen campo de batalla que es, Twitter ha iniciado una de las conversaciones más imperantes en Kenia en el momento. Bajo el lema de #StopGivingKenyaLoans muchos ciudadanos han pedido a los...

Escrito por: Fabián Acuña Galindo, estudiante de Economía y Ciencia Política de la Universidad de los Andes e integrante del equipo editorial.

 

Como buen campo de batalla que es, Twitter ha iniciado una de las conversaciones más imperantes en Kenia en el momento. Bajo el lema de #StopGivingKenyaLoans muchos ciudadanos han pedido a los organismos multilaterales y, en especial, a la República Popular de China (RPC) que deje de conceder préstamos al gobierno de Kenia, debido a preocupaciones de que no puede pagar las deudas acumuladas. Lastimosamente, esta historia no es única, sino que hace parte de una realidad normalizada en África, donde el gobierno chino ha prestado inmensas cantidades de dinero a países africanos con pocos requisitos para financiar proyectos del sector extractivo y de infraestructura. La preocupación llega cuando muchos de estos países están a un brinco de entrar en default y, sumándole la crisis sanitaria global, no tienen unas perspectivas económicas positivas para el futuro. Por eso, muchos tenemos la preocupación sobre el devenir africano en épocas donde el colonialismo (o mejor dicho neocolonialismo) está plagando de nuevo al continente.

 

La historia de las relaciones sino-africanas nacen en un contexto muy curioso del siglo pasado. Con la entrada del partido comunista en el país asiático, se empezó una campaña para el reconocimiento de la independencia de múltiples países en África.esa época dorada de las relaciones de China con el continente se marcó por las ambiciones comunistas bajo la guerra fría y por la rivalidad, cada vez mayor, entre la RPC y Taiwán, donde la lucha por reconocimiento de países africanos significaba una lealtad hacia Pekín y un corte de relaciones con Taipéi. Después de la llegada de Deng Xiaoping, las relaciones se fueron estrechando y nació el músculo económico del Banco de Exportación-Importación Chino (Exim Bank) con el que China podría financiar proyectos de infraestructura gigantes, basándose en las palabras dichas décadas antes por la delegación en la Conferencia de Bandung de que “China iba a ser el mayor líder del tercer mundo”.

 

Si bien los proyectos financiados por China empezaron en 1970 con el ferrocarril Tanzania-Zambia, el auge empezó en la década de los 2000s. Proyectos como hidroeléctricas, ferrocarriles, minas de bauxita, refinerías de petróleo e incluso la mismísima sede de la Unión Africana se han podido construir gracias a préstamos e inversión china en décadas recientes. Muchos podrían ver esto con buenos ojos, viendo además que los préstamos concedidos tienen unos intereses mucho más bajos y con menos restricciones que los dados por el Banco Mundial o el FMI (los llamados soft loans) que beneficiarían a los países en desarrollo del continente africano. No obstante, los países que han recibido esta financiación no tienen un músculo sólido a largo plazo con el que pagar estos proyectos. A su vez, esta falta de restricciones para estos préstamos ha generado dudas y sospechas sobre la finalidad real de los programas. Justamente porque la búsqueda del crecimiento económico para el continente africano no se puede dar bajo términos desconocidos y con poca transparencia.

 

Pongamos esto en contexto. Uno de los mayores destinatarios de estos préstamos hechos por el Exim Bank es Angola. La financiación recibida se concedió para crear una de las más grandes hidroeléctricas del áfrica subsahariana, también se usó para la construcción de varias refinerías. A primera vista, esto parece un muy buen negocio, porque los préstamos dados son increíblemente baratos y están creando capital en un país con mala reputación crediticia a nivel internacional. La cuestión empieza a ser que las restricciones que deberían tener los empréstitos (que son casi nulas), en realidad no beneficia a Angola por ningún lado. El país ha estado gobernado por una élite política y económica que ha desangrado las arcas que ha dejado el petróleo angoleño, mezclando esto con la situación económica actual, Angola estaría a un brinco de dejar de pagar el préstamo, ese es el famoso default.

 

¿Cuál es la respuesta del gobierno China? Casi ninguna. Los alivios y condonaciones de deudas hechas por los bancos chinos, y en especial Exim Bank, han sido solo a los países que han respondido bien (o mediocremente bien) a la crisis sanitaria. La única alternativa puesta para Angola es pagar su deuda en barriles de petróleo, pero una bajada en los precios como la ocurrida en 2020, puede dejar a este país, como se diría en mi casa: fregado.

 

La situación de impago está sucediendo en Zambia y otros países como Angola, Congo, Kenia y Yibuti están muy cerca de llegar a ese punto. Pero, el gobierno chino ha resuelto el problema de una manera innovadora y bastante controversial: condonando deudas a cambio de propuestas muy indecentes. Según Asian News International, Zambia el primero del grupo en default está negociando entregar activos mineros, en especial la participación en minas de cobre, al gobierno chino. Esto es especialmente importante porque, primero, la exportación más valiosa para dicho país (el cobre) ya no estaría en disposición de ciudadanos zambianos y, segundo, que desde 2009 un tercio de la deuda zambiana corresponde únicamente a compromisos con Exim Bank, lo que deja al país en una posición muy incómoda. Yibuti hizo lo mismo hace unos años entregando como colateral parte de su territorio (y de paso soberanía) para la construcción de una base militar y naval china en su territorio. China ya había hecho lo mismo con Sri Lanka y Pakistán, sin embargo, la creación de la estación china en Yibuti es lo primero que prende muchas alarmas. Estas prácticas caben perfectamente en la idea del neocolonialismo, sabiendo que China conocía el riesgo de inversión en dichos países por sus regímenes políticos (autocráticos la mayoría) y por su historial crediticio con el Fondo Monetario Internacional. Su estrategia de control se resume en las palabras del analista Martin Harris en las que muestra esta relación económica como un “intento de convertir a África en la fábrica y proveedora de China, una especie de China's China”.

 

La estrategia china de integración con África ha resultado bastante beneficiosa, si tenemos en cuenta que el continente es de suma importancia para su visión de revivir la ruta de la seda, pero los costos que tendrán que pagar en el largo plazo, que no lo pagará claramente China, son inmensos. Los flujos de dinero e inversión están ahogando a muchos países en vez de ayudar, donde tengamos en cuenta además que la deuda total de los países del continente con el gigante asiático es de más de 152.000 millones de dólares a septiembre de 2020. Por lo tanto, mientras que la responsabilidad de los bancos chinos con el continente sea reevaluada en términos de su impacto en conflictos políticos y sea guiada por unos principios claros de desarrollo y no de asistencia, el negocio que África pensaba que iba a ser su salvación le va a salir bastante caro.